1 2 3 4 5

Hágale caso a Pereira: ponga una tortilla a las finas hierbas en su vida

Un ramillete de citas literarias relacionadas con la gastronomía para emocionarse y encender el deseo. Desde Tabucci al Quijote pasando por Laura Esquivel

Quién no ha ensayado alguna vez, sartén en mano, la tortilla a las finas hierbas del Café Orquidea de Lisboa que glosara el Pereira de Tabucci? (cuatro huevos, una cucharada de mostaza de Dijon, orégano y mejorana, por si quiere probar). Y qué decir del circunspecto pero contumaz estilo que exhibe Hércules Poirot para odiar la cocina inglesa? Gran impacto juvenil: descubrir que el capitán Nemo sirve a sus invitados en el Nautilus esperma de ballena. Muchos años después en El campero, en Barbate, Pepe Melero serviría a los mejores chefs de España una piruleta de semen de atún rojo. Murakami no se cansa de introducir menús caseros japoneses en Tokio Blues. ¿Qué hubiera sido de Pushkin sin el Café Literario de San Petersburgo, donde comió frugalmente antes de batirse en duelo mortal? Vázquez Montalbán elevaría el género de categoría. Y las aventuras de Astérix no serían lo mismo sin los pantagruélicos festines con los que, indefectiblemente, celebraban un triunfo más sobre los romanos.

La literatura gastronómica es en sí misma un género tan antiguo como el mundo. Desde Apicius hasta Bourdain hay un inmenso océano de estilos, miradas y disfrutes. Propuestas en las que, a veces, la gastronomía cataliza una historia y, en otras, la protagoniza. Han surgido personajes inimitables de ese mundo fértil y sabroso. Libros evocadores que invitan a viajar a ciertos lugares, a leer el periódico del día en algunos cafés de Europa y a desear algunos platos y vinos como si el mañana no fuera a llegar.


Café literario de S. Petersburgo.

Pero, a veces, leyendo un libro no declaradamente gastronómico el lector siente un chispazo ante una escena o una descripción que te detiene y te obliga a releer el párrafo. La gastronomía -comer, beber, compartir, disfrutar- es la perfecta argamasa que ensambla diálogos y construye universos poéticos, tiernos, divertidos, melancólicos y sorprendentes. Cada cual haga su selección. Aquí van unas pocas muestras. Microlecturas de verano para perezosos. Eso sí: perezosos, pero con criterio y buen gusto. De nada.

“Sé que debo irme, a comer, a hacer mi trabajo. No puedo pasar el día aquí hablando con este desconocido cuya risa me recuerda a ese momento en el que entierras la cuchara en un fondant y el chocolate derretido cae como lava en el plato; cuyas arrugas y palmas callosas evocan en mi piel el olor del mar y de la pesca recién sacada del agua.”
Al plato vendrás, almeja. Erika Fiorucci (HQÑ, 2019)

 

“Siento que este tomo no vaya ilustrado con grabados, porque si lo fuese, yo les ofrecería a ustedes aquí una reproducción del anuncio de los peroles Muller. Este anuncio se divide en siete partes, que corresponden a los siete días de la semana. Arriba de todos hay una fuente con un enorme roast-beef y dice «lunes». El lunes se inaugura el roast-beef en todas las casas de la clase media inglesa. Más abajo aparece el mismo roast-beef, un poco achicado. Es la comida del martes. Miércoles: reaparición del roast-beef, que va disminuyendo en una proporción matemática. Jueves: roast-beef. Viernes: roast-beef. El sábado, el roast-beef está ya reducido a su más mínima expresión (..) ¡Si a lo menos variase el condimento de las patatas! Fuera de aquí, unas patatas difieren generalmente de las otras: unas están cocidas, otras fritas, otras guisadas, otras salteadas, otras en robe de chambre, otras en puré. Entre las mismas patatas fritas hay una diversidad maravillosa: patatas en rodajas, patatas cortadas en rectángulos, frisées, souflés, patatas a la paille, y todas estas clases de patatas varían aún, según se las fría en aceite o en manteca. Aquí las patatas del lunes son como las del martes, y las del martes como las del miércoles, y así sucesivamente, a lo largo de la eternidad. ¡Qué! ¿Se creen ustedes que los ingleses van a disfrazar, a mixtificar las patatas? ¿Y la honradez inglesa? Una patata debe saber a patata. Inglaterra, señores, es un país muy serio.
Londres. Julio Camba (Renacimiento, 1916)

 

“¿La cocina es un arte? ¿Se puede comparar a Robuchon con Picasso, a Arzak con Kandinsky, a Girardet con Miró? Creo que este es un ejercicio de análisis muy complicado, que yo acabo resolviendo siempre del mismo modo: la cocina es cocina, y nada más”.
Los secretos del Bulli. Ferrán Adriá (Altaya, 1997)

 

“El Lendtmann fue el primer café de Viena que apareció extasiado en el interior de mi tarta Sacher. Había en él múltiples reflejos de plata vieja detrás del mostrador y una densidad de terciopelo en los peluches ahogaba la luz (..) El interior de la tarta Sacher lo poblaban madres fornidas, jóvenes atléticos, doncellas rubias y señores rubicundos más allá de cualquier sospecha de congénita infelicidad, pero cada una de estas criaturas guardaba un trauma de infancia que el pastel iluminaba con una llamarada de chocolate. Enseguida pude contemplar el consultorio del propio Sigmund Freud en la capa baja de la repostería”.
Por la ruta de la memoria. Manuel Vicent (Ediciones Destino, 1992)

 

“Llegó la hora del almuerzo. Jukichi limpió los kochi sobre la escotilla del cuarto de máquinas y
los cortó en pequeñas porciones que repartieron entre los tres, las colocaron sobre las tapas
de las fiambreras de aluminio y las aderezaron vertiéndoles encima un botellín de salsa de soja.
Entonces tomaron las fiambreras, que contenían una mezcla de arroz y cebada hervidos y,
apelotonadas en un ángulo, unas pocas rodajas de rábano encurtido. Dejaron que el barco
se meciera en el suave oleaje.”
El rumor del oleaje. Yukio Mishima ( Alianza editorial, 1954)

 

“Después de cenar voy al café Suizo con Xavier Güell y mi hermano. El café es maravilloso y
deslumbrante, de color de manteca fresca, de estancia absolutamente agradable. Un camarero
pasa delante de nuestra mesa con una magnífica fuente de ostras. Tengo veintiún años y aún
no he comido ninguna ostra. Soy un desgraciado.”
El cuaderno gris. Josep Pla i Casadevall (Destino, 1966)

 

“Una de las leyendas de mayor prestigio sobre el nacimiento de Dionysos tiene su origen en la Fócida
y, paralelamente, en Ática y Beocia.S e nos asegura en ella que el dios es tebano, hijo de Zeus y Sémele.
En la Tracia coinciden en hacerlo oriundo de Egipto, pero le cambian la madre por Deméter o Ceres,
Divinidad benefactora de la agricultura. También existen otras distintas reclamaciones de paternidad
Más o menos propiciadas por las competencias locales. Lo único incontrovertible es el origen divino de
Dionsyos, aunque tal vez pueda sospecharse que la importancia que se le daba al dios en la vida religiosa no fue más que una consecuencia de la importancia que se le daba al vino en la vida cotidiana. Y no al revés. En todo caso, el fervor dionisiaco fue unánime y se extendió por el mundo antiguo como una recomendable divinización del humano deleite de la bebida. Una excusa de lo más brillante.
Breviario del vino. José Manuel Caballero Bonald. (Seix Barral, 1980)

 

“La vida sería mucho más agradable si uno pudiera llevarse a donde quiera que fuera, los sabores y olores de la casa materna”.
Como agua para Chocolate. Laura Esquivel. (Mondadori, 1989)

 

“Holly y Guido tenían el apartamento que Vincent había imaginado para ellos: estaba en la
décima planta de un edificio viejo y parecía una pequeña casa de campo francesa en el cielo.
Holly le había preparado su plato favorito y Guido le había servido su vino favorito
de cenar, se habían sentado delante del primer fuego del otoño a comer manzanas y a beber brandy.
Vincent quería quedarse allí para siempre. Cuando se marchó, lo hizo con la sensación de que la
felicidad doméstica empujaba al hombre que estaba de más por la puerta y lo sacaba a las calles
solitarias.”
Tantos días felices . Laurie Colwin (Libros del Asteroide, 1978)

 

Enfrente había una tienda de comestibles; pero de comestibles aristocráticos. Existía allí un horno célebre, que asaba por Navidades más de cuatrocientos pavos de distintos calibres. Las empanadas de perdices y de liebres no tenían rival; sus pasteles eran celebérrimos, y nada igualaba a los lechoncillos asados que salían de aquel gran laboratorio. En días de convite, de cumpleaños o de boda, no encargar los principales platos a casa de Perico el Mahonés (así le llamaban), hubiera sido indisculpable desacato. Al por menor se vendían en la tienda: rosquillas, bizcochos, galletas de Inglaterra y mantecadas de Astorga
La fontana de oro. Benito Pérez Galdós (Alianza Editorial, 1870)

 

“—El pescado está buenísimo —dijo Masterson, picando con palillos de un enorme mero
al vapor.
—No me gustan tanto las tripas estas —dije. Ya sabía que a los cantoneses les
encantaban los platos con una textura gelatinosa y que, para un paladar europeo,
prácticamente no saben a nada. Ahora puedo apreciar ese tipo de comida y, de hecho, me
encanta. Pero, entonces, simplemente no le veía la gracia.
—Sí, son un poco demasiado auténticas —dijo Masterson—. Pero también podemos decirle
eso a la gente. Sería parte del espectáculo.
—Me gusta el arroz —dije. Ah Wang lo había cocinado envuelto en una hoja de loto.
Masterson y yo nos miramos”
El puerto de los aromas. John Lanchester (Anagrama, 1935)

 

“En el corazón de París, Pierre Arthens, el crítico de gastronomía más célebre del mundo,
está a punto de morir. Admirado por algunos y odiado por muchos, Monsieur Arthens lleva
años decidiendo el destino de los chefs más prestigiosos, destruyendo y construyendo
reputaciones a su antojo. Ahora, en sus últimas horas de vida, su pensamiento se posa sobre
algo mucho más sencillo: busca desesperadamente un sabor único, el sabor que un día le
hizo feliz”
Rapsodia Gourmet. Muriel Barbery (Seix Barral, 2000)

 

“En los pueblos remotos del Oeste no abundan las comodidades de la civilización: no hay
sistema de alcantarillado, no hay hospitales, es raro dar con un doctor, el agua es mala, la luz
eléctrica es para los pocos que pueden costearse un generador y las carreteras apenas
existen. Tampoco hay teatros ni salas de cine y los salones de baile se cuentan con los dedos.
Pero hay un sólido principio del progreso que mantiene a la gente a salvo de la locura
declarada y que se encuentra arraigado a miles de kilómetros al Este y al Norte, al Sur y al
Oeste del” “arraigado a miles de kilómetros al Este y al Norte, al Sur y al Oeste del Dead Heart:
dondequiera que vayas, la cerveza siempre está fría.”
Pánico al amanecer. Kenneth Cook (Seix Barral, 1961)

 

“Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados,
lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su
hacienda”
Don Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes (Edición conmemorativa de la RAE, 1605)

 

“¿Quiere probar nuestro aguardiente?. Pero el viajero no es bebedor: gusta de su vino blanco o tinto,
pero su organismo repele los aguardientes. No obstante, en Rio de Onor, no se puede rechazar ni
viniendo de tan lejos y a la hora del almuerzo. En dos segundos aparece un vasito de vidrio grueso, y
el aguardiente, caliente aún, es recogido del caño y trasegado garganta abajo. Un cepillo no sería
menos áspero. Siente una explosión en el estómago, el viajero sonríe heroicamente, y repite. Tal vez
para reparar los estragos, la mujer abraza el pan contra el pecho, tanto amor en ese gesto, y corta un
corrusco y una rebanada, y es su mirada la que le pregunta: ¿quiere un cachito?
El viajero no ha pedido y le fue dado. ¿Puede haber mejor dar que éste?”
Viaje a Portugal. José Saramago (Alfaguara, 1995)

 

“El señor Leopold Bloom comía con deleite los órganos interiores de bestias y aves. Le gustaba la sopa
espesa de menudillos, las mollejas, de sabor a nuez, el corazón relleno asado, las tajadas de hígado
rebozadas con migas de corteza, las huevas de bacalao fritas. Sobre todo, le gustaban los riñones de
cordero a la parrilla, que daban a su paladar un sutil sabor de orina levemente olorosa”.
Ulises. James Joyce (Cátedra, 1922)

 

“Ya empiezan a ser muchos días arrastrando mis kilos de más, pero también, y sobre todo, son
muchos, muchísimos, una infinidad los kilómetros, una infinidad de habanos, de alcohol, toneladas de
solomillos, de chuletones y chuletas, de callos bien melosos y picantes, de meros que alguien acaba
de sacar del mar, de sabrosas gambas, de langostas a la parrilla o con arroz o a la termidor.
Dicen que todo eso, a lo que yo califico de hermosura, pesa como plomo dentro del cuerpo,
esa hermosura alimentaria o gastronómica pesa”.
Crematorio. Rafael Chirbes. (anagrama, 2007)

 

Instagram: @anthdezrodicio / Twitter: @AHRodicio

2 Comentarios

  1. No descansas!!!
    Gracias y abrazos

  2. Pequeñas lecturas, ¡gran lectura!

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.